martes 21 de diciembre de 2010

Mons. Willy Pino: Mensaje de Navidad

MENSAJE DE MONSEÑOR WILFREDO PINO ESTÉVEZ,

OBISPO DE LA IGLESIA CATÓLICA DE GUANTÁNAMO-BARACOA,

CON MOTIVO DE LA NAVIDAD Y AÑO NUEVO 2011

 

 

Queridos hijos e hijas: ¡Qué alegría para mí, su Obispo, tener una nueva oportunidad de dirigirles unas palabras de aliento y cariño y poder felicitarlos por la Navidad y el Año Nuevo! Hoy es Nochebuena, y mañana: Navidad.

 

Desde ahora, les deseo que la frase tan conocida de "Año nuevo, vida nueva" se haga realidad en cada uno de nosotros. A pesar de las preocupaciones por el futuro todos queremos empezar bien el año y saber ordenar la casa y las cosas de nuestra vida, y que cada uno, Cuba entera, no repita errores para poder crecer en madurez. Ojalá que en estos días, al desearnos (como se suele decir) "que haya salud, que lo demás no importa", pensemos no sólo en la salud del cuerpo sino en la otra salud, la del alma. Porque, ¿qué habremos logrado si al final de una vida "saludable" (bien la presión, la vista, el colesterol, bien el corazón, los pulmones, la hemoglobina…) el Señor nos dijera: "Apártate de mí porque no te conozco" (Mt. 25, 12). Ojalá que no olvidemos lo que él mismo nos advirtió: "¿De qué le vale a un hombre ganar el mundo entero si al final de su vida pierde su alma?" (Mt. 16, 26).

 

Celebramos la Navidad de este año luego del paso de la imagen peregrina de la Virgen de la Caridad por nuestra provincia.

·         Pienso que nosotros no vamos a olvidar en mucho tiempo que esta Virgen Peregrina caminó más de mil kilómetros en nuestra Diócesis y que ella lo mismo "navegó" por un río que subió una montaña con más de 760 metros de altura sobre el  nivel del mar.

·         No vamos a olvidar las más de 80 paradas eventuales ni el haber atravesado 55 pasos de río

·         No olvidaremos tampoco los recibimientos en cada comunidad con sus peculiares iniciativas

·         No vamos a olvidar nunca a aquellas comunidades que estaba previsto recibirían a la Virgen pero el mal estado de los caminos, lo hizo imposible.

·         No olvidaremos cómo fue posible que la Virgen peregrinara a 173 comunidades  y cómo otras 39 pudieron ser ellas las peregrinas y llegar a donde estaba la bendita imagen.

·         ¡Cómo olvidar tantas flores, velas y oraciones, tantas ofrendas, sonrisas, lágrimas, aplausos y cantos, tantos sacramentos recibidos, tantas bendiciones pedidas, tantas fotos, tantas banderas cubanas, tantos Himnos cantados, tanto cariño de un  pueblo a su Patrona, a su protectora!

·         Recordaremos por mucho tiempo aquel Rosario de la Aurora, junto al Faro de Maisí, que rezamos por el sufrido pueblo haitiano.

·         No se nos borrará muy fácil de la mente la presencia de esta Virgen Peregrina en hospitales, cementerios, centros de trabajo, ríos emblemáticos de la provincia, Hogares de Ancianos, casas de personas enfermas, Hogares Maternos, la prisión del Combinado de Guantánamo, y su cariño hacia los mambises con su visita al Mausoleo del Mambisado.

 

Muchos de los que me escuchan y que estuvieron presentes en los recibimientos a la Virgen recordarán las promesas que hicimos ante la Madre de los cubanos.

·         A ella le prometimos ser mejores padres, mejores madres, mejores esposos, mejores esposas, mejores hijos, mejores hermanos, mejores vecinos, mejores compañeros de trabajo o de estudio, mejores cristianos…

·         A ella le prometimos no dejarnos vencer por el mal, sino vencer el mal a fuerza de bien…

·         A ella le prometimos arreglarnos con aquellos a los que no les hablamos…

·         A ella le prometimos nunca más llamarle  "loca" a una embarazada, ni "guanajo" a quien se negó a coger algo que no era suyo…

·         A ella le prometimos cumplir los 10 mandamientos de la ley de Dios: no mentir, no robar, no matar, no desear el esposo o la esposa de otra persona, etc.…

·         A ella le prometimos trasmitir las enseñanzas de Dios a hijos y nietos…

·         A ella le prometimos no ser "luz de la calle y oscuridad de nuestra casa"… 

·         A ella le prometimos tener una conciencia limpia y no aprobar nada defectuoso.

 

Delante de esa  bendita imagen, en la Misa de despedida de nuestra Diócesis, dimos las gracias a todos los que ayudaron al buen desenvolvimiento de la Peregrinación: A los cronistas y fotógrafos; a los 60 misioneros que vinieron desde Camagüey, encabezados por su Arzobispo, a darnos una mano; a las dos Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta que vinieron desde Santiago;  a los sacerdotes, diáconos y religiosas; a tantos laicos que trabajaron; a los choferes y, en particular, a Armando, el chofer de la camioneta de la Virgen; a las autoridades provinciales, municipales y locales; y, por supuesto, a nuestro buen Dios por haber escogido a María como Madre de su hijo Jesucristo (Lc. 1, 31) y habérnosla entregado como Madre nuestra (Jn. 19, 27). A ella, la Virgen de la Caridad, que amó a este pueblo cubano antes de que los cubanos tuviésemos bandera, himno y escudo y Cuba fuera Cuba, también ese día le dimos las gracias y la despedimos con nuestro proverbial saludo: "VIRGENCITA: ¡ÉSTA es tu casa! ¡Y regresa cuantas veces quieraS!"

 

Queridos hijos e hijas: Se dice que el año que viene, para no pocos cubanos, no será un año fácil. Si eso sucediera, sería una buena oportunidad para apelar a nuestra reserva espiritual, para "tocar fondo" en los cimientos de nuestra fe y, una vez más, mirar a Jesucristo y seguir su ejemplo. Él nació en un país con dificultades; escogió una familia pobre;  no tuvo más de "cuatro cosas" materiales (Mt. 8, 20); no cayó en la tentación de hacer lo que muchos le pedían de utilizar su influencia sobre el pueblo para quitarse de arriba a los ocupantes romanos;  advirtió que el hombre no necesita sólo pan (Mt. 4, 4); vivió de cosas prestadas: un burro (Lc. 19, 30), una casa (Mc. 14, 14);  enseñó a saber confiar diariamente en Dios pidiéndole no el pan de la semana, sino el de cada día (Lc. 11, 3);  eliminó la ofensa como defensa (Jn. 18, 22-23), y la violencia como solución a los problemas (Jn. 18,11;  Lc. 9, 54); enseñó a perdonar "setenta veces siete", o sea, siempre (Mt. 18, 22); indicó que había que "dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César" (Mt. 22, 21); sanó la lepra del cuerpo (Mt. 8,2) pero nos habló de otra lepra peor, la de nuestra alma enferma por los pecados (Jn. 8, 34); nos pidió confiar ciegamente en nuestro Padre Dios, que se preocupa de alimentar a las aves del cielo y de hacer florecer cada día las flores del campo, pero que, sobre todo, se preocupa por nosotros, sus hijos, que, según sus palabras, valemos más que las aves y las flores (Lc. 12, 27-30)…

 

Como cristianos cubanos estamos llamados en todo momento, y especialmente ahora, a despertar conciencias dormidas, a ser sembradores de esperanza. Pidámosle a Dios el ser personas que tienen la virtud de la esperanza. La  esperanza de un creyente es distinta de la esperanza del mundo. La esperanza cristiana es aquella que se fundamenta en que Dios es el Padre que nos ama y nos perdona, que Jesucristo es el amigo que nunca falla y que murió y resucitó por salvarnos, y que el Espíritu Santo es nuestra fuerza y apoyo. Sin la esperanza cristiana, los hombres no saben a dónde ir ni tampoco entienden quiénes son. Como escribió un amigo sacerdote: "La esperanza es la única fuerza que nos puede mantener firmes cuando nuestras piernas flaquean". El poeta libanés Khalil Gibran decía que la esperanza debe estar siempre ahí donde cuesta, porque "por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes". Pienso que ésta es una forma poética de decir aquella misma verdad que nos enseñaron nuestros abuelos cubanos: "Siempre que llueve, escampa". Lo cierto es que hay gente sin esperanza a nuestro alrededor. Las dificultades  materiales los agobian. Afortunadamente, muchos quieren trabajar, quieren crecer, y desean tener más facilidades para lograrlo. Recemos para que el Espíritu Santo ilumine a los que tienen las posibles soluciones en sus manos y estas aspiraciones lleguen a realizarse. Ojalá que, como personas, como Iglesia y como pueblo, aprendamos las lecciones que nos está queriendo enseñar Dios con estas situaciones que se nos presentan.

 

Rezo para que, en el próximo año, los cubanos sepamos conservar todo lo bello que tenemos: la chispa, las iniciativas, las ocurrencias, el amor a Dios y a la Virgen de la Caridad, el apego a la familia y a la tierra cubana, el amor a los hijos y la alegría. Que no dejemos morir lo bueno y bello que hay en nosotros. Una costumbre muy linda que hemos sabido conservar entre nosotros es que, en Navidad y Año Nuevo, nos felicitamos mutuamente. "¡Felicidades!", nos dicen y decimos. Y eso es encantador, porque el verbo "felicitar" viene del latín y significa "hacer feliz". ¿Se imaginan ustedes qué distinto sería este mundo, Cuba, Guantánamo, Baracoa, todas nuestras comunidades, nuestras familias, si cada uno se propusiera felicitar, o sea, hacer felices a los que lo rodean?… ¿si cada uno se dedicara a pensar menos en su propia felicidad para buscar la felicidad de los demás?... ¿si los esposos y esposas se dijeran mutuamente "yo quiero hacerte feliz a ti"? Si hacemos esto, habrá Navidad. Ojalá que en esta Navidad le abramos nuestro corazón a Jesucristo. Ojalá que en esta Navidad perdonemos de corazón a quien nos haya ofendido. Ojalá que en esta Navidad alegremos el corazón de un enfermo o de un viejito del Hogar de Ancianos.

 

Quiero, además, que esta bendición por la Navidad que ahora les imparto descienda especialmente sobre los enfermos, los presos, los minusválidos, los que viven solos, los que están lejos de su familia y de su tierra cubana, los que sufren, los que se sienten tristes, los que lamentan la muerte reciente de un ser querido, y los que han perdido la virtud de la esperanza. ¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo!, les desea su Obispo, que ahora los bendice. ¡Que la bendición de Dios Todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre todos ustedes y los acompañe hoy, mañana y siempre. Amén!